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25 octubre 2011

Dance with the devil



Me llevé a la nariz la copa con el liquido transparente. Parecía agua pero no me fiaba así que la dejé en la mesa. Estaba aturdida. Sentía el cuerpo entumecido y me costaba pensar. No entendía nada, me había despertado sentada en esa silla y nada más. No recordaba nada.
Miré a mi alrededor. Era una sala de baile poco iluminada y abarrotada de personas con ropas y peinados elegantes. Imperaban el color negro, blanco y gris. Solo esos tres colores por todas partes. La música era melodiosa y un tanto tétrica pero no sabía de donde salía, miré por todas partes pero no veía ningún músico ni ningún aparato que la reproduciese. Tan solo veía a gente riendo de forma siniestra y parejas bailando dando vueltas sobre si mismas en un eterno vals.

Me di cuenta que llevaba puestos unos guantes negros al apartarme un oscuro mecho de la frente. Me los quité al instante ya que no eran míos y entonces me fije que llevaba un vestido que no recordaba haberme puesto. Era de seda negra, largo hasta más abajo de las rodilla y ceñido al cuerpo. De cuello de camisa redondo y mangas cortas un poco abombadas. Al ser ceñido resaltaba mis pechos y una cinta también negra apretaba mi cintura. Tanto las mangas como la falda terminaban en encajes con motivos florales. La verdad es que me pareció un vestido precioso pero me desconcertaba cómo podía llevarlo puesto. Calzaba unos zapatos con un poco de tacón que me parecieron de esos que llevan las niñas buenas y en mis muslos notaba la goma de las medias blancas. Me llevé las manos a la cabeza. Viendo el estilo de las personas del baile esperaba encontrarme con un complicado recogido pero solo llevaba puesta una diadema y mi pelo caía lacio sobre mis hombros. La elegancia también puede encontrarse en la simpleza de una diadema, pensé, y me alegré de ello.

Aún me encontraba indispuesta y por mucho que me esforzara por intentar recuperar aunque fuera un vago recuerdo de cómo había llegado hasta ahí o de quién me había arrastrado hasta ese oscuro baile era inútil. Mi mente estaba vacía y agotada.
Me sentía realmente cansada y tan solo quería marcharme de aquel extraño lugar. Localicé las puertas dobles que me sacarían de la sala y me levanté con decisión, pero fuertes manos me agarraron por los brazos y me retuvieron en la silla. Barios hombres y mujeres hicieron un corrillo a mi al rededor mientras reían y decían cosas que no lograba entender. Iban enmascarados. Todos tenían puestas mascaras venecianas. Unas más simples, otras más elaboradas pero todas en tonos oscuros. Y a mi cansada mente se le ocurrió una pregunta más que añadir a mi mar de dudas. Si era un baile de máscaras, ¿por qué yo era la única que no llevaba una? No me molesté en buscar una respuesta, solo quería salir de ahí cuanto antes. Los enmascarados seguían haciéndome corrillo pero ahora ya no estaban pendientes de mi, reían y hablaban entre ellos así que decidí aprovechar la ocasión. Me volví a levantar y los sorteé, pero no llegué mucho más lejos de tres míseros pasos. Un hombre me cogió por la cintura arrastrándome a la pista de baile. El contacto de nuestras manos me reveló que sus guantes blancos también eran de seda, al igual que su chaleco negro sobre la camisa gris oscuro con las mangas remangadas. Intenté escabullirme pero no estaba lo suficientemente lúcida y mis movimientos eran lentos. A cada torpe intento me cogía otro hombre para dar vueltas al son de la música. Sin darme cuenta bailé la pieza entera de vals cambiando de pareja en cada giro. Me encontraba mareada. Por la situación y por haber pasado los últimos tres minutos dando vueltas, y las risas y las máscaras no me ayudaban nada. Me agarré al hombre con el que había terminado la ultima vuelta para no caer de bruces al suelo. Éste rió, y su risa me heló la sangre. Sin duda había algo extraño en esas personas, algo oscuro y peligroso.
La música cesó y los enmascarados se quedaron quietos como estatuas de sal. No más música, no más risas, no más parloteo. Por unos instantes todo quedó en silencio. El hombre me soltó y se alejó de mi en dirección a las puertas dobles, todos los demás lo siguieron. Les imité, pero nadie me dejó llegar a la salida, nadie me dejó avanzar un solo paso hacia las puertas. Una marea de vestidos elegantes y mascaras venecianas abandonó el lugar dejándome totalmente sola en esa sala grande, oscura y fría.

Estaba apunto de desplomarme cuando el sonido de una manivela me alertó. Alcé la vista para encontrarme con unas escaleras en las que no había reparado hasta el momento. Mármol, sin duda. Unas escaleras anchas de frío mármol blanco, y arriba del todo una mujer cerraba una puerta con delicadeza tras su espalda. Era alta, y llevaba un vestido de seda negra. Sin vuelo, la falda caía lacia hasta sus pies ocultando unas largas piernas de las que solo se podía advertir su blanca piel por el corte lateral de su vestido que se abría al caminar. El contoneo de sus curvas al bajar los escalones era hipnótico y sus generosos pechos se balanceaban levemente con cada paso. Se acercaba, y todo apuntaba a que tenía que huir de ese lugar, de esa mujer. Sin embargo, atraída por una fuerza extraña, fui a su encuentro en mitad de la pista. Su máscara ocultaba la mitad de su rostro pero supe que era hermosa. De rasgos afilados enmarcados por mechones claros de su corta cabellera y unos labios finos, bien dibujados.

La música volvió a sonar desde cuál fuese el lugar del que salía. Otro vals. La mujer hizo una reverencia y esperó a que la correspondiera. Sin ser dueña de mis actos, recogí mi falda y bajé la cabeza. Deslizó suavemente sus dedos por la palma de mi mano hasta estrecharla y posó la otra mano sobre mi espalda. Asintió a mi expresión desconcertada, desconcertándome aún más. Comenzamos nuestro baile dando vueltas y vueltas sobre nosotras mismas. Las notas de piano hacían que se movieran mis pies en pequeñas y lentas zancadas y la belleza de la mujer y el poder oscuro que desprendía en cada movimiento se encargaron de poner mi mente en blanco, dejándome totalmente a su merced.

No podía apartar la mirada de esa boca perfecta, extrañamente de color carmín intenso, rompiendo con la estética oscura. Ella sonrió y se relamió dejando ver una lengua puntiaguda que, muy lejos de horrorizarme, me excitó. Paró nuestro baile ¿se habría dado cuenta? Me sonrojé ligeramente al pensar en esa posibilidad y ella volvió a relamerse. Con parsimonia, se deshizo de su máscara dejando al descubierto unas largas pestañas y unos ojos negros sin pupila. Acortó las distancias entre nuestros labios y sin darme opción introdujo su lengua en mi boca. El rubor encendió mis mejillas al sentir su jugueteo. Bajó las manos lentamente hasta posarlas en la parte baja de mi espalda y me apretó contra su cuerpo. Nuestros pechos se juntaron y al moverse crearon una fricción deliciosa entre la seda y la piel. La mujer se separó unos centímetros para contemplar mis ojos brillantes y mi boca entre abierta pidiendo más de ella entre suspiros. Su amplia sonrisa me volvió loca. Bailamos la pieza de vals dando furiosas vueltas hasta que mi trasero dio contra un altar sobre el que me tumbó. La lujuria en su mirada hizo que mi rubor se concentrara en más partes a demás de en mis mejillas. Sus besos y sus caricias eran las más fogosas que había sentido jamás. No tardó en levantarme la falda y tirar de la goma de mis medias. El dolor en mis muslos me resultó terriblemente placentero y algo me decía que todo con ella iba a ser así.