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27 julio 2011

La daga

Pasó la mano por la alfombra. Era suave, de hilos rojos de lana gorda que iba apresando entre sus dedos. Rojo como el color del vino que se había servido minutos antes en la copa que había tirado con furia al suelo. Rojo como el vestido que llevaba puesto.
Pasó la mano por la suave seda de sus rizos negros y recordó lo suave que puede ser la caricia de un hombre... Luego pasó la mano por su rostro áspero a causa de las lágrimas ya secas que habían corrido por sus mejillas y recordó lo áspero que puede llegar a ser el trato de un hombre hacia una mujer cuando las cosas se tuerce, que, por desgracia, tarde o temprano siempre sucede.

¿Por qué amar? ¿Por qué sentir? Por qué entregarse a algo que en el fondo sabes que te destruirá, que será tu perdición... Por qué dejar que te deje vulnerable. Abrir los brazos de par en par a la daga que acabará contigo... Carece de sentido, pero aun así lo hacemos, lo deseamos, lo anhelamos en cada respiración, en cada suspiro, en casa mirada que echamos a nuestro alrededor y vemos esa fatídica daga en manos de todos menos en las nuestras...
¿A caso nos gusta el dolor tanto como para desear nuestra propia perdición? ¿A caso vale la pena clavarse a voluntad esa daga en el corazón sólo por unos cuantos momentos felices? Esos mismos momentos que al recordarlos no dejaran sanar la herida cuando la daga nos haya hecho pedazos y nos deje tirados al borde del abismo...

La respuesta, por desgracia, es sí.

Sí, vale la pena” Se recordó a si misma mientras yacía moribunda en el suelo al lado de la daga aún ensangrentada que le acababa de asestar el golpe final.


...

Al borde del abismo. Con el viento pegando fuerte en la cara. Con los ojos cerrados. Con los puños apretados. Con una voz continua en la cabeza pidiendo saltar que solo es acallada por el grito frustrado y desgarrador que sale rompiendo por la garganta. Un grito que es apresado por el mismo viento que te azota para llevarselo lejos, muy lejos. Donde nadie pueda escucharlo. Donde nadie pueda enterarse que ese grito es tuyo... Así de cruel es el viento...